Campus Rioja Alavesa: aprender enseñando

Las dos últimas semanas he impartido el curso de “Comunicación en la era digital” en el Campus de Rioja Alavesa. Una iniciativa interesante esta del Campus que pretendía generar un espacio formativo para las personas de la comarca que trabajan en el mundo del vino, de la hostelería y del turismo, principalmente. Mis lazos familiares con Rioja Alavesa (mi familia materna es de Villabuena) han creado en mi un apego especial por esta tierra y también una inquietud por su desarrollo, por las oportunidades que ofrece y por su futuro.

Han sido 40 horas de clase con profesionales de bodegas, restaurantes, alojamientos turísticos, distribución de vinos, responsables de comunicación o emprendedores. Y en 40 horas da tiempo a enseñar, pero sobre todo da t¡empo a aprender. Uno de esos aprendizajes es una idea a la que llevo dando vueltas desde hace un tiempo, y es que Vitoria vive de espaldas a Rioja Alavesa. Separadas por poco más de 30 minutos en coche pero con carreteras deficientes, mal comunicada por transporte público, Rioja Alavesa y Vitoria están a la vez muy cerca y muy lejos. Porque el vitoriano no tiene cultura de vino; no conoce los pueblos de la zona más allá de Laguardia y Elciego; conoce Londres o Tailandia pero no conoce Labraza o Villabuena. Todas las iniciativas económicas en la zona (salvo honrosas excepciones como este Campus del Vino o la Wine Run Rioja Alavesa) se desarrollan en torno al vino y al turismo. Aquí o tienes una bodega, o tienes un restaurante, o tienes un hotel, o tienes una tienda delicatessen. Poco podemos encontrar en el terreno de la industria, de los servicios, de deporte, de la naturaleza, de la generación y difusión del conocimiento o de la investigación. Y con las mimbres que la propia idiosincrasia de la zona, cuando uno viene aquí tiene la sensación de que se están dejando escapar muchas oportunidades.

También he aprendido que “diferenciarse” es la palabra mágica que va a marcar la agenda de Rioja Alavesa. Los vinos de DO Rioja quieren diferenciarse entre sí, y también de otros vinos de otras DO. Las bodegas tienen que diferenciarse entre sí; los hoteles también. Y los pueblos. Y construir esas diferencias que sean relevantes y que a la vez sostengan el negocio es un gran reto. Primero porque no todos están jugando en esa liga; y segundo porque muchas veces implica cambios e innovaciones y nuevas formas de hacer las cosas que enfrentan a los actores a escenarios desconocidos y de incertidumbre. La propuesta de algunas bodegas de crear una DO diferenciada entre los vinos de Rioja Alavesa y los del resto de la Rioja es sólo la punta del iceberg. Una cuestión espinosa y que levanta no pocas polémicas. El origen de esta reivindicación fue la intención de ciertas bodegas de buscar elementos diferenciadores. Para una bodega que elabora vino de un pago concreto y vende la botella a 150€ es difícil competir cuando la mayor parte del vino de Rioja se vende a granel y/o a precios muy bajos. Por eso se trató de buscar ciertos elementos diferenciadores en las etiquetas (como incluir el nombre del pago o del pueblo) para diferenciarse (una vez más, la palabra). Y tienen razón. Pero aún así esta idea presenta algunas sombras, así que a decir verdad no termino de tener una opinión formada al respecto.

Por último, los retos formativos que tienen los profesionales de este sector y en esta parte del mundo no difieren sustancialmente de los que me he encontrado en otros contextos. Las empresas siguen teniendo un importante déficit de cultura comunicativa y la revolución digital les ha llevado a “sobre invertir”, una vez superada la época de recesión, en conocimientos, recursos y tecnología para abrazar esta nueva era. Pero este conlleva los lógicos problemas de adaptación de la cultura de empresa a este nuevo contexto. Los trabajadores y trabajadoras siguen presentando un importante déficit formativo que no se soluciona con un curso de 40 horas. Una formación de este tipo, que combina aspectos teóricos con ejercicios prácticos, le sirve al alumno para tener un marco en el que moverse. Profundizar en esos contenidos exige una formación permanente que no tiene que estar necesariamente vinculada a cursos presenciales sino que puede y debe completarse con formación online; autoaprendizaje durante el desarrollo de lo que se ha aprendido (generando espacios para la reflexión estratégica, la creación y el uso de las herramientas) y localizando focos de conocimiento en ámbitos digitales (redes sociales, blogs, e-books…). Pero las empresas tienen delante un reto aún más importante que el de formarse, que es el de cambiar su cultura para adaptarse a una nueva época más digital, más líquida y menos estable.

Sólo me queda agradecer a la Ruta del Vino el haberme dado la oportunidad de compartir con ellos estos días y también a Pablo, Igor, Carlos, Amaia, César y Miguel Ángel su participación, sus preguntas y sus reflexiones durante estas 40 horas. Esperemos volver el año que viene.

 

Nuevos planes, idénticas estrategias

Cuando una marca tiene problemas para adaptar su comunicación a la era digital se esgrime que el target de esa marca no utiliza Internet o que el producto/empresa no tiene espacio en el mundo digital: ¿puede una marca de lavavajillas comunicar en el entorno digital? ¿y una empresa que fabrica fresadoras? Pienso que la comunicación digital va más allá de eso y que precisamente permite a marcas que tradicionalmente no han empleado la comunicación masiva a explorar nuevos territorios. Y en el otro lado tenemos empresas que podrían considerarse como aptas para comunicar en la red y que sin embargo se encuentran importantes resistencias a ello, o al menos no terminan de encontrarse cómodas. Hablando desde mi propia experiencia, como suelo hacer cuando escribo en este blog mal que les pese a algunos, identifico cinco barreras que dificultan la comunicación digital de las organizaciones.

 

1. La organización es demasiado vertical

La comunicación digital es ágil por definición. Cuando en una organización existen muchas jerarquías, tareas cotidianas como escribir un post, un tweet o enviar un newsletter pueden dilatarse en un callejón sin salida de supervisiones, aprobaciones y “suba y bajas”. Esto pone de manifiesto que comunicar en la era digital va más allá del uso de herramientas como blogs, Facebook o Whatsapp. Requiere de estructuras más horizontales en las que el trabajador esté emponderado, y por lo tanto informado de lo que ocurre en la organización, para que la toma de decisiones sea más ágil. En estos tiempos, el acceso del trabajador a la información debería ser mucho más ágil y su grado de identificación con los valores y proyectos de su empresa, también. Si tus propios empleados no se comprometen con tu marca, ¿cómo lo van a hacer los consumidores?

2. La dirección no se implica en la comunicación

Hemos leído y escuchado en muchas ocasiones que la digitalización de una compañía debe contar con la implicación y liderazgo de la dirección, y es verdad. Con la comunicación ocurre lo mismo, si la direccion no apuesta por ella y la entiende como una herramienta estratégica al servicio de su marca y de su posición en el mercado, cualquier acción de comunicación se ve lastrada convirtiéndose en meros fuegos de artificios.

3. Comunicación es un departamento

Mal punto de partida. En la era digital la comunicación es una función transversal en la empresa. Eso no quiere decir que cualquiera escriba un post en Facebook, saque fotos para subir a Twitter o contacte con influencers. Pero casi todos los trabajadores de una compañía intervienen en algún punto de contacto con los consumidores los grupos de interés de la compañía (clientes, proveedores, colaboradores, agentes sociales, medios de comunicación, subcontratas o los mismos trabajadores). Por lo tanto todos deben de ser, en diferentes grados y niveles, actores de la comunicación de la marca.

4. Falta de transparencia

Es una organización poco transparente, cerrada en sí misma y en definitiva con poca cultura comunicativa. Esto provoca que no quieran comunicar datos; que tengan miedo a recibir críticas del público en internet (así que mejor no abrir canales o cerrar los que hay por si acaso); o que consideren que la competencia les va a copiar por ejemplo el menú de fin de semana del restaurante (caso muy real que estoy seguro de que agencias o profesionales freelance que trabajan para el sector hostelería conocen de primera mano).

5. Empresas muy orientadas a la función comercial

Hay empresas que tienen desarrollada una gran cultura comercial y sus perfiles están muy orientados a la vente. Y eso está muy bien. Sin embargo, a veces ocurre que Internet para su sector no funciona como canal de venta sino como espacio de comunicación. Los fundamentos son diferentes en ambos casos. Y eso a menudo provoca frustración porque aplican idénticas estrategias para comunicar en la red que para vender en el cara a cara. Al final acaban pensando que esto no vale para nada porque no consiguen vender nada en Facebook o en Instagram. Vender no es un objetivo de comunicación, es un objetivo comercial; convendría no desdeñar lo que la comunicación hace por una marca aunque eso no repercuta de manera directa e inmediata sobre las ventas. En este sentido conviene distinguir: una cosa es un cliente y otra cosa un grupo de interés. La organización debe relacionarse con algo más que sus clientes y todas esas relaciones influyen en el valor de marca y por lo tanto en la cuenta de resultados. Así que la máquina de generar contenidos no hay que enfocarla sólo al cliente final sino también a otros públicos objetivo de la empresa.

 

No creo que haya organizaciones demasiado viejas ni mercados poco proclives cuando hablamos de comunicación digital. Creo que es más un problema con dos niveles:

  • Una cultura corporativa poco actualizada a la era digital: Son organizaciones que llevan 15, 20, 30 años haciendo las cosas de la misma manera.
  • Falta de formación técnica en comunicación: Y cuando hablo de comunicación incluyo también de comunicación digital porque el que hoy no sabe de comunicación digital, simplemente no sabe de comunicación.

De la misma manera que aquí hablo de comunicación digital orientada hacia el exterior de la organización, esto puede aplicarse a otras áreas relacionadas con la digitalización. Una compañía que no está acostumbrada a trabajar por objetivos y medir los resultados de sus acciones tendrá serias dificultades para aprovechar el Big Data como herramienta estratégica para tomar decisiones en su negocio. Una empresa demasiada departamentalizada en la que la información no fluye entre áreas y escalafones tendrá serios problemas para sacar partido a herramientas como Dropbox, Slack, Evernote, Wikis, Yammer u otras, por mucho empeño que pongan en utilizarlas.

Como dice Nacho Vegas en su canción, “Nuevos planes, idénticas estrategias”.

El rol del Director Creativo

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La agencia McCann ha incorporado a su nuevo Director Creativo. Se llama AI-CD β y es un robot. Ya ha creado su primera campaña. Puede parecer un frivolidad o algo anecdótico. Pero en realidad es una señal de cómo está cambiando nuestro entorno y la manera en que trabajamos. También para quienes trabajamos creando ideas para que las marcas sean diferentes y relevantes. No sé cómo será mi trabajo y el de mis colegas dentro de dos, cinco o diez años. Seguro que diferente. Pero me aventuro a hacer un ejercicio de imaginación.

  • Descentralización del talento

El talento para que las marcas creen mensajes diferentes y relevantes se está descentralizando. El talento ya no es algo exclusivo de las agencias. Hoy ese talento se ha fragmentado porque la comunicación de marca es mucho más compleja. Y esto empuja a agencias y marcas a recurrir al talento fuera de casa. También a experimentar formas de trabajo y colaboración más abiertas. Hoy la creatividad se acumula en Boutiques Creativas, Startaups, Directores/as Creativos/as Freelance, Hubs, dinámicas de coworking u otras formas de trabajo y colaboración. Son espacios más permeables a la innovación, a las ideas diferentes, a las tendencias sociales y a la diversidad. Lugares más humanos también.

  • No se trata de escoger al mejor, sino al adecuado

No creo que vaya a existir un sólo perfil de Director/a Creativo/a, igual que no existe un sólo tipo de cocinero o de delantero centro. Leonardo di Caprio lo hacía bien en Titanic, pero James Cameron no le llama para que interprete al personaje principal de todas sus películas. Recurre al actor que necesita para cada papel. Igual que con el Director de Fotografía o con el compositor de la banda sonora. Me imagino el trabajo del creativo estructurado de esta manera. Cada marca, producto, cliente, empresa, agencia, mercado, consumidor y contexto es diferente. Las agencias y las marcas tenderán a contar con las mentes creativas que mejor se adapten a cada proyecto.

  • Nuevos roles y nuevos perfiles

Probablemente el rol de Director Creativo no va a a desaparecer. Pero ya estamos asistiendo a su transformación. Este artículo de Advertising Age es muy ilustrativo. Crear ideas ya no depende sólo de él y de su equipo. Esas ideas pueden provenir ahora mismo de personas muy diferentes. Directores de cine, fotógrafos, Youtubers, diseñadores de productos y servicios, expertos en User Experience, analistas Big Data, Ingenieros, fabricantes de wearables, diseñadores 3D o desarrolladores de videojuegos pueden crear ideas para que una marca se relacione con sus públicos. Este nuevo escenario requiere de un Director Creativo que tiene que juntar otros ingredientes:

  • ADN Digital y visión tecnológica: Esto está repetido hasta la saciedad, sí. Pero no va de usar Facebook, Twitter o Periscope. Va más de entender que la gente ha cambiado su actitud. Vive conectada 24/7/365. Espera acceder a las cosas de otra manera. Cambia sus patrones de compra. Consume ocio de otra forma. Tiene otros valores y otra visión del mundo. Los modelos de negocio se transforman. Y también las relaciones entre personas y marcas. La economía colaborativa, arduino, los wearables o la realidad virtual serán para ellos lo que para otros fueron el pantone, Freehand, el Focus Group o un GRP.
  • Sabrá un poco de todo y mucho de nada: No hace falta que sepa escribir documentales, sacar fotos, interpretar 1 TB de datos o desarrollar en WordPress. Pero sí sabrá desarrollar un concepto de un documental; diferenciar entre la foto de un fotógrafo profesional y una de Instagram; saber que hay datos que le pueden ayudar a concretar una idea; o explicarle a un desarrollador cómo y para qué quiere interactucar con el usuario.
  • Hará de pagamento: Creará ideas y conceptos, slogans y copys, guiones y storys. También deberá pensar en nuevos productos digitales y analógicos que generen conexiones con la gente. Pero después tendrá que aunar el talento necesario para que esas ideas se conviertan en algo tangible. La idea ya no será sólo suya, será una idea compartida. Y esto precisa de más humildad y menos ego del demostrado hasta ahora. Se acabó eso de adueñarse de las ideas de otros. Pero siempre, siempre, será capaz de que todas las piezas, acciones e interacciones con el público sean fieles al tono de la propia marca.
  • Será empático: Como siempre, la empatía con las personas que hay al otro lado será la clave para que cualquier contenido o acción funcione. El Human Centered Design será una filosofía transversal que servirá para dar con las ideas y crear contenidos, experiencias o servicios digitales y/o analógicos. Escuchar lo que ocurre ahí fuera, diferentes puntos de vista, observar a los consumidores son tan inspiradores como leer Yorokobu o ver una serie en Netflix.
  • Aprenderá todos los días: Las cosas hoy van muy rápido. En el tiempo en el que desarrollas un proyecto ha aparecido una nueva tecnología o se ha creado una nueva tendencia que hacen que tu proyecto quede desfasado. El Director Creativo y cualquier profesional en general deberá aprender cosas nuevas. Todos los días. También desaprender algunas de las que ya sabe y reaprender.

 

 

 

El ocaso de las agencias de publicidad

Las agencias de publicidad ya no pueden solucionar los problemas de comunicación de las marcas. Nacieron para resolver necesidades que hoy ya no existen. Y las agencias no pueden adaptarse; hay que sustituirlas.

Durante la era industrial, la creencia era que los consumidores compraban más aquellas marcas que tenían mayor notoriedad. Por eso recurrían a agencias para que éstas crearan un mensaje, lo contaran en un spot, cuña de radio o gráfica, y lo difundieran en los medios. En la era post-industrial, lo que las marcas necesitan es relacionarse con su público. La lógica ha cambiado y las agencias no son instrumentos concebidos para crear y liderar marcos relacionales. Se ha escrito mucho sobre la nueva agencia, su adaptación a la era digital y su futuro. Los hechos demuestran certeramente que no es momento de transformar las agencias sino de sustituirlas por nuevas organizaciones, estructuras o profesionales capaces de solucionar los problemas que existían antes, de otra manera; y también de resolver los problemas que antes no existían. Las agencias se siguen vaciando de talento (y se van de tu mierda de agencia). ¿Vamos a desperdiciar la creatividad de una generación entera de profesionales?

El nuevo rol de la comunicación

Quien lidere la comunicación de una marca debe participar en el diseño de los productos y servicios. Lo que una marca hace (sus productos, sus servicios, sus actitudes, su forma de comportarse y de relacionarse…) incide más en le percepción que el consumidor tiene de esa marca, que lo que dice en un spot, un banner o un tweet. Sin embargo, las agencias siempre se han preocupado por lo que la marca dice, y no por lo que hace. ¿Es posible construir una relación sólida y rentable entre marca y consumidor si lo que se dice y lo que se hace no están alineados desde una perspectiva estratégica de mercado? Que el Festival de Cannes incorporara en su última edición una categoría de “Producto” es muy indicativo en este sentido. Porque los productos dicen mucho de una marca. Y porque a veces es mejor buscar un producto para tus clientes que clientes para tus productos. El Internet de las cosas; el branding y la arquitectura de marcas; o el consumidor que vive conectado son elementos que transforman las relaciones de una marca con el público. Por eso, quienes intervienen en la comunicación de una marca no pueden limitar su trabajo a generar notoriedad. Un producto no deja de ser una experiencia para un consumidor y una experiencia es el principal activo de comunicación que tiene una marca.

Comunicación 24/7/365

Las agencias sirven para diseñar un mensaje, encapsularlo en diferentes formatos y difundirlo en un momento puntual predeterminado. Pero hoy las marcas comunican 24 horas al día, 7 días por semana y 365 días al año. Las agencias no cuentan ni con la estructura ni con los profesionales ni con la cultura para afrontar este reto. Irremediablemente las marcas asumirán cada vez más aspectos de su comunicación operativa. Esto vale para Red Bull o El Corte Inglés, pero también para una Bodega de Vinos o una empresa de construcción. Estas marcas tendrán que crear estructurar y dotarse de los recursos necesarios (humanos, económicos, formativos, tecnológicos) para ser capaces de liderar su comunicación holísticamente.

 En este contexto 24/7/365, las marcas necesitan flexibilidad, inmediatez y control de la situación. Necesitan adaptar su cultura y ser organizaciones más permeables, capaces de integrar en esa dinámica a agentes externos: empresas, estuidios, freelances, otros departamentos de la empresa y por supuesto, a los consumidores….

De la era de la publicidad a la era de las relaciones

Ahora que todos sabemos que si tomamos Activia podremos ir al baño a hacer caca, convendría reflexionar sobre si los anuncios con Carmen Machi o José Coronado que vemos a diario desde hace años han ayudado de alguna manera a frenar la pérdida de cuota de mercado de Danone (un 33% nada más y nada menos). Los puntos de contacto entre marca y consumidor se han multiplicado como consecuencia de la digitalización. El modelo de crear un mensaje y repetirlo muchas veces ya no funciona. Y las marcas deben trabajar por ser conocidas, sí, pero también diferentes, relevantes y útiles en cada uno de esos puntos de contacto. Durante muchos años las agencias han hecho spot como los de Activa; pero hoy se trata de crear marcos de relación con la gente. Cambiar de actitud para pasar de contar cosas a hablar con la gente; de definir donde, cuándo y cómo se van a desarrollar esos diálogos (sabiendo que esto lo va a decidir casi siempre el consumidor); y de tratar de definir sobre qué versa dicha conversación.

¿Cuenta una agencia de comunicación con la mentalidad, el conocimiento y la estructura para pasar de hacer anuncios a hablar con la gente?

Nuevos roles en los procesos de comunicación

Las agencias hacen un trabajo que un director general, un responsable de marketing o un product manager no sabe hacer. Por ejemplo, diseñar un logotipo, crear un concepto creativo o producir un spot. Si de lo que se trata más que de hacer anuncios, es de relacionarse, el rol del directivo tiene que cambiar necesariamente. Ellos son quienes más conocen su negocio, su competencia, sus productos y a sus consumidores. El papel del cliente no puede ser un papel pasivo en el que espera a que el director de cuentas y la directora creativa entren por la puerta con una solución debajo del brazo como hacía Don Draper en Mad Men. El cliente es parte activa del proceso estratégico, creativo y operativo de la comunicación de una marca. Por eso, los concursos a la vieja usanza no tienen sentido (de esto hablaré en otro post). El esquema agencia-cliente que circulan por vías paralelas que de vez en cuando se cruzan ya no es válido. Todos viajamos en el mismo tren. Son necesarias fórmulas de trabajo que integren a diferentes actores en un mismo proyecto sin importar si esos agentes son internos o externos, si son agencia o cliente.

Reconciliando a las ventas con la comunicación

Vender no es un objetivo de comunicación. Puedes generar notoriedad, posicionamiento, interés o colocar a la marca en el Top of mind, y esto evidentemente incide en una mayor predisposición hacia la compra. Pero además de estas variables, en un objetivo de ventas inciden otras muchas (llamémosles 4p, 4c o como prefiramos). La tecnología nos permite hoy medir de manera más efectiva y fiable las acciones de comunicación. Esto es especialmente visible en el e-commerce, donde cada acción se puede medir. Ya no vale con que muchas personas vean un vídeo o lean un post (lo cual es una fantástica noticia, sin duda). Ahora hablamos de cuantos leads hemos generado, cuantas unidades hemos vendido, cuantas descargas se han producido o cuantos suscriptores hemos sumado. Lo digital no es sólo un canal de comunicación, también es un canal de venta y esto obliga a alinear política de comunicación y política comercial. Mientras las marcas hablan del retorno de cada acción de comunicación, las agencias se siguen lavando las manos.

¿Puede una estructura clásica de agencia de comunicación ponerse el traje de ventas, supeditar su remuneración a objetivos o crear estructuras que permitan coordinar el binomio ventas-comunicación, históricamente difícil de conciliar?

¿Reinventar o cambiar?

Todo esto sitúa a las agencias en una situación comprometida. ¿Qué papel desempeñan en la cadena de producción de la comunicación de una marca? ¿Se limitará su papel a hacer diseños, webs o vídeos? ¿Qué valor añadido pueden ofrecer? La clave más que pensar en qué pueden hacer las agencias, es preguntarse qué podemos hacer todos los profesionales, de cualquier sector, que tenemos incidencia en el proceso de comunicación de una marca. No se trata de reinventar la agencia sino de dejar paso a nuevas estructuras y organizaciones cuyo valor añadido se puede basar en tres líneas:

 

  • Más consultoría estratégica y menos churros: Las marcas necesitan incorporar profesionales muy dores o makers, pero seguirán precisando de una visión externa que les ayude a diseñar estrategias de comunicación y marcos relacionales adecuados que luego las propias marcas pueden desarrollar. 

¿Cuantas agencias tienen profesionales que sepan hablar verdaderamente de estrategia? 

  • Coaching & Formación: Algo especialmente útil para aquellas marcas inmersas en procesos de digitalización. Hablamos de cambio de cultura y eso implica nuevos conocimientos, nuevas habilidades y estar capacitado para liderar desde la marca la relación con el consumidor en un nuevo contexto. Las marcas siempre necesitarán partners externos capaces de asesorarles permanentemente sobre las cosas que hace y cómo las hace. 

¿Cuantas agencias están capacitadas para formar a sus clientes?

  • Hiperespecialización para producir piezas de comunicación concretas en clave de excelencia: diseñar una app, programar una nueva plataforma web, diseñar un logotipo, desarrollar un wearable, producir un spot, crear un guión para una serie, escribir un libro o una canción, diseñar un edificio, interpretar datos, imprimir en 3D….  

¿Cuantos profesionales de la comunicación son realmente expertos en lo que hacen?

Nuevas estructuras, nuevas organizaciones, nuevos profesionales

En una agencia trabajan directores de cuentas, diseñadores, creativos, planners, programadores…. Después tiene una serie de partners o proveedores como productoras, imprentas o estudios de grabación. Y luego vienen los colaboradores, que normalmente son profesionales o empresas que desarrollan para ellos trabajos que no son de su competencia; o freelances, como por ejemplo diseñadores gráficos, que contratan puntualmente en momentos de “picos de trabajo”. Las agencias son estructuras cerradas, poco flexibles y con muchas jerarquías. La comunicación hoy se ha vuelto tan extremadamente compleja que parece inviable diseñar una estrategia o una campaña con un Ejecutivo de Cuentas, un Director Creativo y un Director de arte. Entran en juego programadores, tecnólogos, antropólogos, cocineros, arquitectos, diseñadores de moda o maestros cerveceros. Cualquier perfil puede desarrollar un papel relevante en la comunicación de una marca. Necesitamos nuevas estructuras más abiertas, más horizontales, con nuevos perfiles profesionales, con nuevas formas de trabajo más colaborativas, más transparentes, más especializadas, que sepan utilizar la inteligencia colectiva y que sean más flexibles. Empresas, startups, freelances, profesionales, organizaciones tipo Pop-up….. (aquí, algunas pistas sobre cómo gestionar todo este talento) Y por supuesto, estructuras con ADN digital. Con esto no quiero decir (tan sólo) que sustituyan a los Directores de Arte por programadores creativos o a Copys por expertos en SEO. Hablo de una forma de enfocar los problemas y de encontrar soluciones que hasta ahora las agencias no han sabido encontrar en su esquiva transición hacia la transformación digital.  

¿Están las agencias tradicionales preparadas para asumir este cambio?

Son muchas preguntas con respuestas diferentes según quien las conteste. Pero dejan claro que es necesario cambiar (rápido) aunque para ello haya que equivocarse (más rápido aún). Porque cuando encontremos las respuestas, las preguntas probablemente hayan cambiado.

*Cuando terminaba de redactar este post, @juanjobrizuela compartía este artículo de Adage. Aporta visiones muy cualificadas sobre el mismo tema, con visiones a veces complementarias a veces contradictorias. Merece la pena leerlo a pesar de su extensión (está en inglés). 

Rajoy no tiene WhatsApp

Mariano Rajoy no está preparado para ser Presidente de un Gobierno. Tampoco para desempeñar ninguna función de responsabilidad en estamento alguno. Cuando el Presidente en funciones le contó a Jordi Évole que WhatsApp no, pero que tenía Tuit, Facebook y SMS normales, se convirtió en carne de tuiteros ávidos de criticar su limitada capacidad verbal. Pero más allá de la anécdota, creo que esa afirmación encierra un importante significado.

WhatsApp se ha convertido en la aplicación más utilizada del mundo. Tiene más de 1000 millones de usuarios y las personas que no la tienen o son personas de edad avanzada; o no tienen acceso a smarthphones, redes de datos o wifi; o son un rara avis. Rajoy es de estos últimos. No sería viable que yo trabajara con un compañero que no tuviera WhatsApp. Sin entrar en otro tipo de valoraciones sobre el uso desmedido del mismo, el cómo afecta a la productividad o a las relaciones personales, que daría para otro post, la realidad es tozuda. Hablamos por WhatsApp con nuestras madres, nuestras parejas, amigos, familia, los compañeros de equipo, la cuadrilla de blusas o nuestro primo que vive en Londres. Nuestros clientes nos preguntan dudas por WhatsApp, los proveedores nos envían un mensaje para saber si hemos recibido el material. Tenemos grupos entre colaboradores, compañeros y a veces grupos mixtos de equipos de trabajo que integran a mi equipo con el cliente.

Si yo fuera Presidente de un Gobierno, algo que considero altamente improbable, supongo que tendría también varios grupos de WhatsApp: uno con mis ministros, otro con el grupo parlamentario, la dirección de mi partido, mis asesores más directos, los Presidentes del Eurogrupo, y entiendo que varios más. Alguien que no está conectado a estos niveles debe sentirse marginado, aislado y desplazado (lo cual podría explicar muchas cosas de las que han ocurrido en España y en el Partido Popular en los últimos años). No defiendo WhatsApp como empresa, como marca ni como aplicación. Pero vivimos en un mundo digital. Las barreras del tiempo y del espacio han desaparecido. La información viaja de un lado de manera inmediata. El concepto de “noticia” se ha transformado. Y todo ello obliga a que la decisiones se tomen de forma más rápida y ágil. Y más allá del WhatsApp, la mensajería instantánea se torna como herramienta básica en la gobernanza de las organizaciones y también de nuestras vidas. Sólo pensar la velocidad a la que viven Maroto y Casado debería asustar a Rajoy. Cuando él va, sus jóvenes vicesecretarios vuelven.

No quiero estigmatizar a Rajoy porque no tenga WhatsApp. Ese no es el problema. Imagino que para él todo se circunscribe a un tema generacional y tecnológico, porque ya explicó que su hijo de 16 años (a quien todos conocemos) es muy diestro con esto de la tecnología. Pero Rajoy se equivoca (y es que no se puede acertar siempre en esta vida). Como demuestran los Papeles de Panamá, no hablamos de tecnología sino de flujos de información. El problema es que dudo que Rajoy haya contratado alguna vez su casa de vacaciones a través de Airbnb. No creo que use MyTaxi. Supongo que no tiene cuenta en Spotify ni ha visto una película en Netflix. En Moncloa no harán la compra online. Quizás no sepa que el mundo de la música, el editorial, el cine, el hotelero, los medios de comunicación y otros muchos han cambiado para siempre, y que la piratería no tiene nada que ver en ello. Me aventuro a pensar que Mariano Rajoy no ha visitado ni la edición digital del Marca.

Este problema no atañe sólo a Mariano Rajoy. Me relaciono a menudo con Presidentes, Directivos y mandos intermedios y esto que digo del Presidente del Gobierno del Reino de España vale también para muchos de ellos. Les da pereza usar el Facebook, no entienden Twitter y en Linkedin abrieron un perfil pero han olvidado el password. Cuando no usas las herramientas, eres incapaz de entender las normas que rigen las nuevas relaciones y la economía digital. Supongo que así será difícil gobernar un país.

La crisis es el tiempo que transcurre cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Tenemos demasiados dinosaurios dirigiendo organizaciones mastodónticas y países enteros. No sé si a ellos se les puede aplicar el “Too big to fail”. Pero encontrar nuevas soluciones exige entender el nuevo contexto en el que vivimos.

Cursos

A veces voy a cursos. Cada semana figuran en mi agenda dos ó tres posibles jornadas, charlas, cursos o encuentros a los que asistir. A priori son de interés pero luego voy pocas veces. Algunos cuentan con buenos ponentes y a veces incluso con buenos comunicadores. Pero pocas veces la inversión en tiempo que me supone compensa el acudir. ¿Por qué?

A la luz de la tecnología y bajo el albor de la crisis económica, la necesidad de cambio supuso una explosión de eventos sobre Internet, startaps, innovación, redes sociales, etc… En un primer momento tenía sentido porque unos pocos tenían los conocimientos y otros muchos estábamos ávidos de aprender.

Pero hoy vivimos en un contexto diferente. En esta sociedad líquida ha surgido la figura del knowmad, un nuevo tipo de profesional para el que la adquisición constante de nuevos conocimientos forma parte de la actividad diaria. Todo de mano de las nuevas formas de acceder al conocimiento: blogs, e-books, streamings a charlas y cursos, moocs, cursos online…

Paralelamente se observa una brecha que empezó siendo tecnológica y que ahora tiene sus efectos sobre el conocimiento, la formación, las habilidades y las capacidades de los profesionales. Quizás lo más triste es que algunos de ellos no se dan por aludidos, mientras que aquellos que se afanan por acceder a un nuevo estadio son fácilmente impresionables (incluso aunque el ponente, y a mí me toca serlo a menudo, se afane en aclarar que muchos de esos conceptos se van a quedar obsoletos en menos de dos años, porque esto va muy deprisa).

Las nuevas tendencias, ideas o herramientas viajas tan rápido de un lado a otro, que cuando llegan en formato curso o conferencia, han perdido el componente de novedad para muchos profesionales. De cuando en cuando, uno encuentra la inspiración en un gran orador o una historia memorable. Pero son los menos. El conocimiento está ahí y se mueve de forma distinta, así que estos formatos desempeñan un nuevo papel en la cadena de transmisión del mismo.

Creo que los cursos, congresos o talleres sirven básicamente, y en el mejor de los casos, para poner a alguien sobre la pista de un tema. Hoy en día, hay un sector de profesionales que demandan- demandamos- otro tipo de formación. Más reflexiva, más experimental, más abierta, pero también estructurada de otra manera. Seminarios, work-shops o talleres que supongan sumergirse en un tema durante unos días o una semana. Así se facilitaría la aplicación práctica de las enseñanzas e incluso la asistencia a los mismos.

A veces escucho eso de que un profesional, al ritmo al que transcurre el día a día, no puede dedicar una semana o dos al año exclusivamente a formarse. Me recuerda a la historia del hombre que partía leña con un hacha desafilada y aseguraba no tener tiempo para parar a afilarla. Tengamos cuidado no vaya a ser que nuestro hacha deje de cortar mientras nosotros nos seguimos deslomando sobre el tronco de madera.