Cursos

A veces voy a cursos. Cada semana figuran en mi agenda dos ó tres posibles jornadas, charlas, cursos o encuentros a los que asistir. A priori son de interés pero luego voy pocas veces. Algunos cuentan con buenos ponentes y a veces incluso con buenos comunicadores. Pero pocas veces la inversión en tiempo que me supone compensa el acudir. ¿Por qué?

A la luz de la tecnología y bajo el albor de la crisis económica, la necesidad de cambio supuso una explosión de eventos sobre Internet, startaps, innovación, redes sociales, etc… En un primer momento tenía sentido porque unos pocos tenían los conocimientos y otros muchos estábamos ávidos de aprender.

Pero hoy vivimos en un contexto diferente. En esta sociedad líquida ha surgido la figura del knowmad, un nuevo tipo de profesional para el que la adquisición constante de nuevos conocimientos forma parte de la actividad diaria. Todo de mano de las nuevas formas de acceder al conocimiento: blogs, e-books, streamings a charlas y cursos, moocs, cursos online…

Paralelamente se observa una brecha que empezó siendo tecnológica y que ahora tiene sus efectos sobre el conocimiento, la formación, las habilidades y las capacidades de los profesionales. Quizás lo más triste es que algunos de ellos no se dan por aludidos, mientras que aquellos que se afanan por acceder a un nuevo estadio son fácilmente impresionables (incluso aunque el ponente, y a mí me toca serlo a menudo, se afane en aclarar que muchos de esos conceptos se van a quedar obsoletos en menos de dos años, porque esto va muy deprisa).

Las nuevas tendencias, ideas o herramientas viajas tan rápido de un lado a otro, que cuando llegan en formato curso o conferencia, han perdido el componente de novedad para muchos profesionales. De cuando en cuando, uno encuentra la inspiración en un gran orador o una historia memorable. Pero son los menos. El conocimiento está ahí y se mueve de forma distinta, así que estos formatos desempeñan un nuevo papel en la cadena de transmisión del mismo.

Creo que los cursos, congresos o talleres sirven básicamente, y en el mejor de los casos, para poner a alguien sobre la pista de un tema. Hoy en día, hay un sector de profesionales que demandan- demandamos- otro tipo de formación. Más reflexiva, más experimental, más abierta, pero también estructurada de otra manera. Seminarios, work-shops o talleres que supongan sumergirse en un tema durante unos días o una semana. Así se facilitaría la aplicación práctica de las enseñanzas e incluso la asistencia a los mismos.

A veces escucho eso de que un profesional, al ritmo al que transcurre el día a día, no puede dedicar una semana o dos al año exclusivamente a formarse. Me recuerda a la historia del hombre que partía leña con un hacha desafilada y aseguraba no tener tiempo para parar a afilarla. Tengamos cuidado no vaya a ser que nuestro hacha deje de cortar mientras nosotros nos seguimos deslomando sobre el tronco de madera.